Cuando llegó el dí­­a de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos.

Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espí­­ritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espí­­ritu les concedí­­a expresarse.

Pero cuando venga el Espí­­ritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.

Después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos; todos fueron llenos del Espí­­ritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno.

--Arrepiéntanse y bautí­­cese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados --les contestó Pedro--, y recibirán el don del Espí­­ritu Santo.

Pero el Consolador, el Espí­­ritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho.